Entrada: ¡VAMOS, COLOMBIA…!

Exercitationem ulla coreo aboriosam ominsestre aellendus temoribus eveniet

Por: Habib Merheg Marún

Pocas cosas logran en Colombia lo que consigue la Selección.

Ni los partidos políticos. Ni los presidentes. Ni las iglesias. Ni siquiera las tragedias nacionales alcanzan a unirnos de la manera en que lo hace un balón entrando al arco rival cuando juega Colombia.

Ahí desaparecen por un momento las discusiones ideológicas, las peleas en redes sociales y hasta la rabia cotidiana que produce vivir en un país tan agotador como el nuestro.

Durante noventa minutos, el de derecha, el de izquierda, el rico, el pobre, el costeño, el paisa, gritamos la misma consigna: ¡Vamos, Colombia!

Y eso tiene un valor enorme, porque la Selección no tiene partido político. No pertenece a un gobierno ni a una ideología. Pertenece a la gente.

Por eso un Mundial transforma el ambiente colectivo del país de una manera difícil de explicar para quien no haya vivido aquí una clasificación mundialista.

Por eso cientos de empresas se ponen en “modo Mundial” e integran el evento a sus promociones. Por eso brotan en todas las ciudades los lugares donde cambiar láminas del álbum. Por eso pulula el amarillo en vitrinas y comercios, y familias y amigos organizan sus apuestas y se reúnen para verse los partidos.

Colombia ha tenido momentos inolvidables en la Copa Mundo.

El empate de Freddy Rincón frente a Alemania en Italia 90. La generación brillante —y tristemente golpeada— de Estados Unidos 94. El histórico paso a cuartos de final en Brasil 2014, con James Rodríguez iluminando el torneo.

Ahora aparece otra oportunidad que nos ilusiona con Luis Díaz y su talento explosivo del fútbol moderno; James, que aún conserva liderazgo y jerarquía; y alrededor de ellos, un grupo que parece haber recuperado algo fundamental: la confianza.

La meta mínima debería ser superar la fase de grupos. La ambiciosa, volver a cuartos de final y demostrar que lo de 2014 no fue casualidad, sino evolución.

Pero junto con la ilusión también reaparece un viejo problema nacional: nuestra dificultad para celebrar con límites.

El ejemplo más brutal sigue siendo el famoso 5-0 contra Argentina en Buenos Aires, durante las eliminatorias al Mundial de 1994. Aquella noche histórica, que debió ser solamente felicidad deportiva, terminó dejando decenas de muertos en el país, producto de celebraciones violentas, broncas y tragedias relacionadas con el exceso.

El Mundial es una nueva oportunidad para aprender algo después de tantos años: el fútbol debe servir para encontrarnos, no para destruirnos. Para abrazarnos, no para matarnos.

Parece obvio decirlo, pero Colombia lleva décadas demostrando que todavía le cuesta manejar emocionalmente tanto sus triunfos como sus derrotas.

Aprovechemos el Mundial para cambiar el tono.

La conversación dejará de ser solamente corrupción, violencia, escándalos políticos o crisis económicas. Por unos días hablemos de goles, alineaciones, estadísticas y posibilidades. Permitámonos ilusionarnos juntos.

Ojalá la Selección haga un gran Mundial. Ojalá supere sus mejores actuaciones. Ojalá aparezca otra noche inolvidable para el fútbol colombiano.

Pero, sobre todo, ojalá entendamos que apoyar a Colombia no requiere destruirnos entre nosotros.

Que se llene el país de camisetas amarillas, de banderas y de abrazos. Que se celebren los goles. Que se cante el himno con orgullo. Que los jugadores sientan el respaldo de millones.

Y que, esta vez, la fiesta sea eso: una fiesta.

Con alegría. Con pasión. Y en paz.